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ANTONIO J. MAYOR
La “necesaria” flexibilidad laboral

Los cambios en el actual modelo de comercio provocados por el desarrollo tecnológico y la evolución de los medios de transporte han dado lugar a la drástica ruptura en la concepción del plano temporal (en segundos se cierran miles de operaciones en cualquier parte del globo) y geográfico (deslocalización de la producción buscando las condiciones más ventajosas), afectando de manera frontal al mercado de trabajo.

El modo en que se incide sobre el mercado laboral, es a través de imbuirlo de “flexibilidad” para que pueda ser capaz de “adaptarse a los cambios” y se muestre “eficiente”; bajo la promesa de generar empleo, mejora salarial y mejora en las condiciones generales de “cualquier” sociedad que decida abrirse a la evidencia.

EL término flexibilidad, al igual que otros tantos empleados para maquillar falsedades o encubrir oscuras intenciones (desaceleración económica, externalización en la titularidad pública, reestructuración laboral,optimización fiscal…etc.) suena muy buen cuando se escucha.
– ¿Quien no prefiere una persona “flexible” antes que a una “rigida” o “inflexible”?
La flexibilidad se asocia a bondad, comprensión, libertad de movimiento, transigencia, ausencia de imposiciones forzosas… pero que nadie se lleve a engaño, en el fondo es un ejercicio más de neurolingüística desde el que se pretende disfrazar la intención de privar o limitar a un grupo social, organizado en forma de Estado, de cualquier posibilidad de regular el modo en el que las empresas en su territorio contraten o despidan, asi como privarle de la capacidad de establecer mínimos salariales en base a los que toda empresa deba remunerar al trabajador por encima de una cifra que supone lo básico para poder vivir con un ápice de dignidad.

El modelo económico evolucionado de las teorías neoclásicas, hoy conocido como “neoliberal” por todos menos por quienes lo defienden (ellos prefieren la ausencia de cualquier etiquetado enrocándose en el uso de  la palabra libertad para aparecer como adalides de la misma prometiendo crecimiento y bienestar ilimitados si se acatan sus medidas, unas medidas que pasan por llamar vago a quien no trabaja 14 horas diarias por menos de 0,60€ ), tiene como principal adversario el “nacionalismo”. Pero no el nacionalismo en sentido político que hoy entendemos como división o independencia, sino el nacionalismo que hace referencia el concepto de grupo. La identidad protectora del conjunto que se traduce en sociedades estables y organizadas a través de un modelo de Estado capaz de legislar, regular y velar por los intereses de sus habitantes.

A la capacidad de una sociedad de articular sólidos vínculos e identidad de grupo, le tienen auténtico pavor.

Desde el inicio, el modelo económico neoliberal es consciente de su incapacidad para dominar y arraigarse en aquellos mercados donde exista una legislación que anteponga una protección conjunta frente al mero interés individual, por mucho que se intente vestir dicho interés de “eficiencia”, “innovación”, “libertad de comercio” o “ventaja competitiva”, términos todos ellos diseñados para empolvar un rostro que no oculta nada más que el deseo de anular la capacidad de cualquier nación para regular o controlar actuaciones llevadas a cabo dentro de su territorio dañinas para su propio equilibrio o desarrollo económico interno, para la empleabilidad de su capital humano o para la generación de un mínimo crecimiento de las condiciones de vida y bienestar de la ciudadanía a la que representa, quien le ha dado el mandato en base a los votos de tomar las decisiones adecuadas para garantizarlo

Lo perverso que tiene un sistema representativo es que muy pocas personas adquieren la responsabilidad de gobernar todo un país, con lo que quien logre corromper o colocar a uno de “los suyos” entre quienes tomen las decisiones tendrá la capacidad de controlar el país entero. Cuarenta años de malentendida democracia en España lo atestiguan sobradamente. Cuarenta años donde familias de apellidos “ilustres”, trepas, cuñados, vividores, especuladores y “servidores públicos” sin escrúpulos ni vergüenza, han copado las listas de partidos políticos y sindicatos, que no han sido sino lobbies al servicio de terceros y han monopolizado un gobierno que ha convertido el concepto de Estado en, probablemente, el mayor enemigo del ciudadano.

Desde ese Estado, lejos de velar por el interés de sus miembros, se ha arrasado y vendido cualquier activo público capaz de arrojar beneficios, se ha legislado a favor de los intereses de unos pocos en detrimento del resto, se han llevado a cabo las peores y más absurdas políticas económicas y se ha empobrecido y anulado un país, en el que meter mano al dinero público y llevárselo al bolsillo propio ha sido el único incentivo exigido y válido para entrar en política.

Cuarenta años han bastado para que hoy en dia cualquier español asimile Estado a maldad, a robo, a corrupción, impuestos, injusticia, daño y asfixia.

Y no les falta razón.

No les falta razón porque en cuarenta años se ha hecho de un Estado la maquinaria perfecta para desproteger los intereses del 95% de su entramado empresarial y de su fuerza de trabajo, hundiendo a la población bajo una carga impositiva que lejos de revertir en estructuras y desarrollo, sólo sirve para engordar los bolsillos de promotores, consejeros, amigos y parientes e ir a parar el resto a un pozo ciego de deuda, una deuda ilegítima y eterna que hace tiempo demostró ser la herramienta más útil para controlar y desvalijar cualquier país sin necesidad de asumir coste ni exposición alguna.

Pero hay que diferenciar entre Estado y quienes han hecho del mismo un nido de corruptelas, saqueos e ineptitud en la gestión. El concepto de Estado como modo de organización de una sociedad, con capacidad suficiente para regular y proteger a sus miembros, no es malo en absoluto, todo lo contrario, es la única via válida para evitar que unos pocos se queden con lo de todos o para evitar que ante la ausencia de Ley el delito deje de serlo para convertirse en una expresión trivial de “eficacia competitiva”.

Quienes desde el Estado lo saquean, liberalizan, expolian y dejan indefenso al resto son a quienes se debe señalar porque son quienes han dividido y debilitado a una sociedad a la que se ha inducido a creer que el amparo de los mercados cuidará mejor de ella y que mejor actuar de manera individual compitiendo contra todo y contra todos que hacerlo de manera conjunta.

El “malo” no es el concepto de Estado, son quienes han hecho de él su coto de caza particular durante los poco más de cuarenta años de “democracia” al servicio de unos pocos.

España posee un marco laboral que tras cincuenta y dos reformas, cada vez protege menos su fuerza de trabajo mientras presume de ir camino a la flexibilidad. Cada reforma es llevada a cabo sirviendo a intereses corporativos, que fingen malestar por nunca ser “suficiente” el contenido flexibilizado afirmando que “se necesita ir mas lejos” para generar empleo y crecimiento.

Cada vez el marco laboral está siendo más flexible, una flexibilidad ante la que jardineros fieles como Rallo o Garicano no tienen pudor en afirmar que debe ser total si se pretende generar empleo en España.

Mienten.

Mienten y lo hacen con toda la intención, sabiendo que a su favor juega todo un aparato mediático que difunde sus mantras hasta acogotar la conciencia del resto y, todo un entramado económico que espera agazapado para hacer del mercado laboral un Black Friday donde obtener el máximo beneficio al mínimo coste y si puede ser, sin pagar siquiera.

Emplean para ello un ejército de Instituciones Académicas en forma de “Prestigiosas” universidades o Business Schools de “elite”, un ejercito de políticos a sueldo que hacen todo el trabajo sucio necesario para allanar el terreno y miles de “economistas” capaces de fingir un nuevo logaritmo con el que mostrar que su ecuación es la auténtica realidad y no la que transcurre frente a ti cada dia.

Mienten porque su modo de vida, aunque jamás te lo digan, pasa por la necesidad de que existan muchos que les sirvan a cambio de prácticamente nada porque no tengan otro modo de poder traer pan y agua a casa. Mienten porque hace mucho tiempo que, siguiendo a Buffet, se pusieron del bando que está ganando esta guerra, el bando de los “ricos” como el mismo W.Buffet lo catalogó.

Y mienten, simple y llanamente, porque dicen una mentira.

Una mentira que vincula flexibilidad a crecimiento y bienestar, a creación de empleo y a mejora de competitividad.

No existe ninguna relación, ni realidad, ni evidencia empírica o científica a fecha de hoy, capaz de demostrar un solo elemento de verdad en las consecuencias de la flexibilidad pretendida.

Es muy recomendable la lectura de los trabajos de Avdagic y Crouch (2015) mostrando la ausencia de evidencia material o relación estadística empírica respecto a los postulados que vinculan la regulación del mercado laboral y la protección al trabajador con las tasas de desempleo existentes, y las investigaciones y evidencias empíricas alcanzadas por autores como Baker et al (2005), Vergeer and Kleinknecht (2012) o Baccaro y Rei (2007) evidenciando del mismo modo que aquellos mercados con elevadas medidas dirigidas a la protección del trabajador no guardan ningún tipo de relación con la existencia de empleo precario, inestable o temporal de mano de obra poco cualificada.

Ya Doeringer en 1992 evidenció empíricamente la relación existente entre desregulación y pérdida de poder adquisitivo motivada por las bajadas de salarios, el empleo precario y la ausencia de oportunidades para los más jóvenes unido a la exclusión del mercado laboral a adultos a partir de determinadas edades.

Consecuencias como el crecimiento de la dualización entre trabajo estable y precario, la generación de pobreza (incluyendo la pobreza laboral) o la insuficiente inversión en formación a los trabajadores temporales o que pretenden acceder al mercado laboral, se demuestra que aparecen directamente relacionados como reflejo de la flexibilidad y ausencia de regulación del mercado tal y como se puede constatar en numerosas investigaciones y trabajos llevados a cabo por autores tales como Standing (2009), King y Rueda (2008) o Emmeneger et al (2012).

La ausencia o minimización de control o regulación que permita libremente a las empresas contratar y despedir en función de sus intereses o conveniencia sin asumir ningún tipo de coste, gasto o responsabilidad, la ausencia de control o máxima flexibilidad en la regulación de las modalidades contractuales dejando plena libertad a las corporaciones para no quedar sujeta a tipos estables de contratación, o la supresión de salarios mínimos dejando que la remuneración sea un concepto a negociar individualmente entre trabajador y empresa; sólo  dejan tras de sí un reguero de precariedad laboral, desempleo estructural, temporalidad, exclusión laboral y pobreza en la misma proporción que generan beneficio y ganancia neta para quienes pueden disponer del factor trabajo como de un títere entregado a su suerte y obligado a trabajar cada vez más a cambio de menos, incapaz de cambiar esa relación de dependencia ante el temor a caer en la miseria, la exclusión o la pobreza.

El término flexibilidad seguirá sonando amable, suave, comprensivo….pero tras de sí poco a poco irá dejando el mismo rastro que marca allá donde la permiten: pluriempleo de 2,3 y 4 trabajos viviendo prácticamente de sol a sol al servicio de un tercero, cifras de solo un 5% de desempleo y que esconden lo que realmente se oculta tras ellas: 25% de pobreza laboral (aquella que te dice que aún siendo trabajador, se está por debajo del umbral de la pobreza), 2.550 horas trabajadas de media anuales por persona en EEUU superando incluso a  la media del propio Japón, salarios mínimos donde la hora trabajada no vale más que el menú básico de un restaurante de comida rápida, bolsas de desempleo estructural incapaces de reincorporarse al sistema o enormes flujos de mercado laboral donde el intercambio y reemplazo de trabajadores convierte la estabilidad y la seguridad laboral  en una utopía sólo al alcance de muy pocos.

Entre esos pocos, no faltaran a su cita Rallo o Garicano, para quienes el manejo de la culpa a terceros y el arte de servir al viento que más sopla son una constante invariable del mismo modo que intentan sostener ecuaciones matemáticas diseñadas para que te acostumbres a desconfiar de lo que ves y te entregues a lo que te digan.

 

Antonio J. Mayor

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